El Mejor de la Historia

Juan de Dios Martínez

Cuando Alejandro Valverde cruzó la línea de meta en Innsbruck, con los brazos en alto, me pareció escuchar un clic, esa onomatopeya de confirmación que percibimos cuando todas las piezas encajan ya en una sólida estructura. Todos los éxitos del corredor murciano adquirieron, de pronto, una nueva dimensión como elementos de un enorme preámbulo que desembocó en una acción mayor: La conquista del Campeonato del Mundo ha sido la cúspide a una carrera brillante y ese currículo espectacular queda refrendado con la consecución de un título mundial.

La trayectoria de Alejandro es indiscutible. En algún momento de ese periplo ha derrotado a los mejores ciclistas con los que ha competido, con victorias en todos los formatos y en casi todos los terrenos, para alcanzar el estatus de grande en la historia de su deporte. Sin embargo, se le resistía esa homologación oficial radicada en el oro mundial. Hasta que, por fin, recibió el aplauso unánime del Ciclismo en las montañas de El Tirol. Entonces todo el mundo se felicitó con alivio de que el murciano lograra cuadrar su carrera con esa medalla tan anhelada, tan merecida y tan esquiva durante tantos años. Ascendido ya a los altares de los dioses del ciclismo, donde sólo unos privilegiados han llegado a saborear el néctar del Parnaso y contemplan con sencillez la inmortalidad, el corredor murciano suspiró, cerró los ojos para saborear el momento y, cuando los abrió, contempló desde lo alto del podio un reconocimiento unánime. La presencia inesperada de Peter Sagan en ese podio para darle un abrazo otorgó carta de naturaleza al homenaje. Porque sus méritos sobrevivirán a su generación y se convertirán en referente de las anteriores y posteriores. Logros ejemplares en deportistas imposibles de imitar.

Alejandro ha construido su carrera sin abandonar la Región de Murcia. Las carreteras de esta provincia, con sus desniveles, rotondas anárquicas y empastes de asfalto, han contemplado el devenir de un chaval de la Huerta que ha puesto la pedanía de Las Lumbreras en las crónicas de medio mundo. Durante este tiempo se ha entrenado por ellas rodeado de un grupo de amigos, corredores aficionados y algunos profesionales, a los que él denomina ‘la grupeta’, con los que ha salido a rodar cada día desde el corazón de la ciudad de Murcia. Hacia la montaña o la playa, con más o menos itinerario, según el programa de entrenamientos. Todo aquel que ha querido (o podido) seguir su ritmo ha rodado junto a él. Un murciano más a lomos de su bici. Para luego, al acabar, parar en cualquier céntrica terraza y, con el maillot aún puesto, tomar un refresco en cualquier céntrica terraza. Así de cercano es el campeón.

Alejandro Valverde se puede considerar como el mejor deportista murciano de la Historia. Por su ejecutoria profesional, edificada durante casi cuatro décadas hasta la excelencia ahora consagrada con el primer puesto del Mundial. Muchos han logrado hitos históricos, muy meritorios, pero ninguno hasta hoy con la altura y la trayectoria sostenida en el tiempo como el ciclista de Monteagudo. Ha puesto el listón muy alto, pero también ha mostrado el camino a esas nuevas generaciones destinadas a empequeñecer nuestras vidas con sus logros.

Al menos durante un año podremos disfrutar del maillot con el arco iris por las carreteras de Murcia. Lo veremos en su preparación y luego le seguiremos en las competiciones, orgullosos de que lo enfunde un murciano, como él lo está de su pertenencia a esta Tierra. Momentos únicos. O quizá, no. Porque Valverde tiene 38 años, menos pelo, pero las mismas ganas de competir que un colegial. Y por lo visto este año, también muchas opciones de aumentar sus vitrinas. Ha fijado su horizonte en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Antes habrá más triunfos. Estamos convencidos. La historia la escriben siempre los ganadores.

 

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